¿Se acuerdan de Charly García, ese genio argentino de la música que nos regaló en los setenta y ochenta hermosas y profundas líricas que nos ambientaron a muchos la intimidad y fogosidad de nuestros descubrimientos de adolescencia? Dinosaurios (1983) es una de sus piezas maestras, la cual referenciaba los excesos de la bota militar argentina, y en la que unas estremecedoras notas de piano enmarcan la frase con la que cierra la canción: “Pero los dinosaurios, van a desaparecer”.
Hoy dinosaurio se usa como término peyorativo para referirse a ideólogos, académicos, gobernantes y, en general, todo aquel con una plataforma pública para opinar o actuar, cuyas ideas se consideran retrógradas o estancadas en el pasado. Llamamos dinosaurios a aquellos que en pleno siglo XXI, en medio de la automatización y la economía del conocimiento -propios de la Cuarta Revolución Industrial en la que vivimos- todavía tienen delirios por el fracasado socialismo, el neoliberalismo a ultranza, o hacen apologías de macabros perdedores de la historia como el Che Guevara o el mismo Pinochet.
Los autócratas (dinosaurios), “hombres fuertes” de izquierda y derecha de finales del siglo XX, se caracterizaron por su demagogia, carisma, desprecio por las instituciones propias de la democracia liberal y por utilizar los mecanismos electorales para legitimar y cimentar su autoridad y su concentración de poder. Las dinámicas propias del final de la guerra fría hacían que el “coco” fuera la amenaza comunista o el imperialismoyankeesegún la esquina demagógica donde se encontrara el dinosaurio de turno. La libertad de expresión, de asociación y, obvio, la prensa, eran las primeras víctimas de la prevención y represión de estos autócratas.
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